Estandarte
Llegamos al Rancho de Villa como a eso de las seis de la tarde. Había llovido bastante y el cielo estaba nublado aún. Estacionamos el carro en el último de los estacionamientos que ya quedaban cerca de la plaza principal. Yo cargaba mi cámara esperando que una sorpresa nos esperara. Ésta no tardó en darse.
Corriendo de un lado para otro el señor de las bombas de jabón (¿qué nombre tiene ese trabajo?) animaba a los niños quienes lo perseguían esperando reventar uno de sus etéreos juguetes. El tiempo de la fotografía era propicio, encendí mi cámara y apunté. El señor me rodeaba feliz, en momentos parecía que más que hacer bombas de jabón portaba un estandarte o una bandera para dirigir su infantil ejército.
La maestría con la que hacía figuras recordaba un espadachín diestro blandiendo su espada por los aires. Círculos y figuras en el espacio, grandes túneles de aire atrapado. Pero pronto nuestro soldado cambiaría de armas, tenía tambien palitos con múltiples rueditas con los que producía estrellas fugaces que salían al aire como dulces de esfericidad perfecta. Los niños los atrapaban con la lengua, ya no se trataba sólo de reventarlos al vuelo; ahora todos estaban convencidos de que no se trataba sólo de jabón, tal era la magia de aquel que corría divirtiéndose con su arte y se olvidaba de vender.